EL SEÑOR DE LOS BÚHOS
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¡Vuestro hermano deshonró a nuestra familia en ese torneo hace unos años!¡La reputación del dojo familiar fue pisoteada, mi técnica insultada, mi memoria vilipendiada!¡Ni siquiera tuvo el valor para cometer sepukku tras declarar públicamente que lo haría¡ ¡Huyó como haría un vulgar cobarde y no uno de mis descendientes!¡Las espadas ancestrales de nuestra familia, con la que gané más de una docena de duelos, ahora vagan en manos de un sucio ronin que antaño fue el heredero de esta familia!”“
La colérica voz bajó algo su amenazador tono.
“
-“No tienes ni idea la de favores que nuestra familia debe para haber podido conseguir esta invitación. Tú no la desperdiciarás. Salvarás nuestro honor... o morirás. Y yo seguiré junto ti todo el tiempo para asegurarme que lo comprendes y de que cumples con tu destino-“¡Hai!”Respondió el joven Dragón, inclinado en la pequeña capilla familiar entre nubes de incienso. Cuando Mirumoto Heikojiro salió al exterior lo acompañaban aún las penas por las que había meditado esa noche: el dolor de la pérdida de su amado hermano y la gran responsabilidad que su familia había puesto en él. Y junto con ellas, la voz espectral de su abuelo, muerto hacía ya muchos años.
En algún lugar, Otoño de 1117
Llovía fuertemente. Mirumoto Heikojiro llevaba casi seis meses como ronin, sufriendo toda clase de penalidades por los caminos de Rokugan. Su ancestro había enmudecido desde que marchase de Tsuma tras fracasar en el Campeonato Topacio. El joven bushi pensó si a su hermano le habría ocurrido lo mismo.
El invierno está al llegar y esa noche el frío mordía con saña. El muchacho se dirigió hacia una luz entre los árboles, sabiendo que era una hoguera. Quizás algún amable viajero le dejase compartir su fuego y su comida.
Se encontró con un monje errante, su cabeza cubierta con un cesto cerrado. Junto a él, varias bolas de arroz sobre una estera. Como si lo hubiese visto antes siquiera de saludar, el monje lo incitó a tomar asiento y a compartir sus pertenencias. A Heikojiro lo recorrió un escalofrío. Era un monje de Emma-O, la fortuna de la muerte. Sin embargo no podía desdeñar una invitación tan amable.
Desde las sombras, una figura de ojos dorados escrutaba la escena. El karma de otro destino frustrado lo llamaba con ansia pues Emma-O reclamaba su derecho a purificar esa alma. El Señor de los Búhos entró en el círculo de luz, mostrando en su obi las espadas ancestrales de la familia de Heikojiro.
Había sido un duelo justo. Desde luego que Heikojiro había mejorado mucho desde su niñez. Pero estaba claro que no lo suficiente. El Señor de los Búhos sangraba por un largo corte en el torso que a pesar de su aparatosidad no era una herida muy grave.
Su rival estaba de rodillas ante él, tan malherido que apenas podía moverse.
Un relámpago iluminó a los presentes y entonces el maltrecho ronin vio el rostro que se ocultaba bajo el gorro de viaje del Señor de los Búhos. Era el de su hermano.
La katana ancestral de su familia describió un arco fulgurante y la cabeza de Heikojiro rodó por el suelo.
El monje llamó a su compañero de viaje.
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“Había fallado a las fortunas y Emma-O no es misericordioso con aquellos débiles de voluntad que no son capaces de soportar la carga de su karma. Vamos. Debemos asegurarnos de que todos los demás no fallaran. “Las dos sombrías figuras desaparecieron en la tormentosa noche.